Endorfinas

El lunes día 12 nos pasamos un tiempo, más de una hora, Manuel y yo en preparar las mochilas y el avituallamiento para la excursión que teníamos prevista para el día siguiente martes. Nos levantamos a las siete. Iríamos en el Jeep sin capota que tanto le gusta a él, bueno, a mí también… recogimos en Cacabelos a Ricardo y en Rodiezmo a Nabor, y ya definitivamente hasta Colinas del Campo de Martin Moro Toledano ¿?¿? es largo el nombre… pero es así, y a mucha honra… Salimos de allí a las nueve y media hacia la campa de Santiago.

Desde hacía mucho tiempo tenía yo ganas de conocer esa Braña. El primer tramo sentimos frio, debido sobre todo al “orvallo” que el rio Boeza imparte a lo largo de las primeras horas de la mañana, pero como siempre, pronto te vas despojando de ropa, el camino es bellísimo y muy cómodo… Vas subiendo sin mucho desnivel cosa que al principio siempre se agradece. No hay cosa más ingrata que al comienzo de una caminata la cuesta sea muy pronunciada. El valle que configura el rio es realmente acogedor, vegetación a tope, agua en muchísimos tramos. Desde hace años no veía correr tanta agua por los caminos de esa manera y menos estando ya en agosto como estamos. A medida que vas avanzando el desnivel es más pronunciado, pero la sombra de los robles, chopos, servales y más arriba los acebos, hacen que la ascensión no sea dura, pues vas oyendo constantemente a los pájaros saludándonos, no sé si con alegría o porque les jode que les importunemos… no sé, el caso es que es gratificante el escucharlos. ¡Ah! ¿y el rio? El rio es un compañero inseparable que no nos deja ni a sol ni a sombra, él nos sigue. Bueno… es un decir, él está allí desde siempre. El rumor de sus aguas saltando entre los peñascos allí abajo, es la música de fondo que hace que el calor, que poco a poco se hace más intenso, casi ni se note… Cuando Manuel mi hijo empieza a preguntar cuanto falta, una y otra vez, cuando ya nosotros también notamos que nuestras piernas pesan, surge en un recodo una pradera majestuosa, grande, muy grande. En primera línea dominándolo todo (como siempre) se alza una pequeña iglesia, la Ermita de Santiago, que sin ser ostentosa tiene armonía en su concepción. Dejamos allí al resguardo del sol colgadas las mochilas en la verja del pequeño atrio… Allí mismo nace una fuente, ¡qué bien sienta, ¡qué buena y fría está el agua! una delicia, allí mismo dejamos sumergida una bota que llevamos con vino clarete para que enfriase. Eran las 12:30, nos daba tiempo de llegarnos hasta el final de la campa a inspeccionar una caseta que tienen allí los cazadores de la zona. Nos sorprendió el verla bien cuidada, con la puerta cerrada con un simple pestillo para poder usarla quien quiera, cosa que es de agradecer… Ya de vuelta hacia la capilla pasamos por medio de un rebaño de más de 100 vacas, ¡qué maravilla el ver al ganado allí arriba pastando a su libre albedrío! La estampa era de una estética increíble, parecerá una gilipollez esta afirmación; pues no, ya que aparte de ser un placer para los sentidos, esa estampa significa riqueza aprovechable y eso hoy por hoy es importante… Nos sentamos a la sombra de la capilla. Comimos bien: tortilla, chorizo, sardinas en aceite con cebolla, queso con membrillo y para acabar chocolate del negro… Manuel bebió agua como tiene que ser, nosotros tres acabamos con el litro y medio de aquel clarete que estaba fresco que daba gloria. Aquellos tragos apretando el “culo” de la bota con amor pero a la vez con rabia, te dejaban los labios y la boca plenos de satisfacción… después de estar cansados, después de disfrutar de la belleza de la campa, después de haber pasado el calor de medio día y ahora, sentados plácidamente a la sombra que tan dignamente ofrece aquella capilla de Santiago, ves y reconoces que hay cosas muy buenas que te hacen ser feliz sin grandes inversiones ni grandes despilfarros, que hay momentos que no tienen precio, que son únicos, que casi casi son “orgásmicos” y que lo más importante: están al alcance de tu mano, en cualquier día y en cualquier época, solo es cuestión de planteárselo en serio y hacerlo, no dejarlo por comodidad ni desidia ni apatía. Pienso, siempre lo hago, que el estrés, la depresión y la ansiedad que son el “San Benito” que nos toca vivir en esta sociedad… no serían tales problemas si la gente gastase una parte de su energía vital en disfrutar de la naturaleza que nos rodea… no se si sabréis que momentos como los que vivimos allí arriba Manuel, Nabor, Ricardo y yo generan tal cantidad de endorfinas que sin darte cuenta hace que te sientas un poco más feliz. ¿Tiene eso precio? ¿Te parece poco…?