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La tienda de Prada en Cacabelos (II)

Si además de leer nuestro blog nos seguís en los diferentes perfiles en redes sociales de Prada A Tope, sabréis que una parte muy importante de nuestra apuesta en estos canales es reconocer y poner en valor la historia de Prada, esa que, en definitiva, ha conformado la esencia que, aún a día de hoy nos define. En este sentido, hace unas semanas compartíamos con vosotros un  momento muy especial en la trayectoria de Prada: sus inicios en la famosa tienda de zapatos de Cacabelos cuando solo tenía 15 años.

Hoy en este blog os traemos la segunda parte de este relato de Prada. Los recuerdos son tantos… ¡que es imposible resumirlos en una sola entrega! José Luis retoma su historia recordando la evolución que supuso para la tienda el hecho de comenzar a vender nuevos productos, que se añadían a los habituales zapatos. “Empecé a vender botas camperas, pantalones vaqueros, camisas indias, ropa peruana… Yo iba a comprar a Benidorm para traer cosas y entonces aquella tienda que era de zapatos empezó a hacerse de todo lo más moderno que había. Y Cacabelos, que era un pueblo de 2.500 habitantes, fue el epicentro de toda la gente de alrededor”, señala.

Pero además de este crecimiento, en esta segunda parte Prada nos cuenta cómo surgieron tres de los emblemas que, todavía en la actualidad, representan Prada A Tope: nuestro logo, con la cara de Prada; el famoso coche que tenemos expuesto en el museo de Palacio De Canedo, y las ya míticas conservas de productos bercianos.

En primer lugar, ¿sabéis cómo surgió nuestro logotipo? Prada lo recuerda con cariño asegurando que “un amigo mío que era un pintor extraordinario de León un día hizo un boceto de Prada, aquello quedó muy bien y empecé a pintarlo en camisetas”. Así nace este logo que se ha mantenido durante más de 60 años. Un logo que, siguiendo esa línea, ya se veía reflejado en el famoso coche con el que Prada recorría kilómetros y kilómetros.

Sin duda alguna, ese coche es un símbolo de la iniciativa que ya demostraba Prada en la época. A falta de estrategias de marketing como tal… ¡bienvenido sea el ingenio! “Ahora tú pones un anuncio en televisión o en el periódico, pero en aquel momento no teníamos dinero para hacer eso y tampoco lo sabíamos… Iba pasando el tiempo y todo el mundo conocía el coche, iba a las fiestas y era un éxito”, recuerda Prada. Después de añadirle las puertas de madera, “le pusimos unos parachoques de yugos y encima le pusimos unos cuernos sobre ellos los intermitentes y unas campanas. Eso era un espectáculo y daba imagen de Prada y daba imagen de la tienda”. Gran estrategia publicitaria, ¿verdad?

Años después, en un momento de inflexión, con la tienda ya cosechando éxitos, recuerda cómo “un día decidimos hacer 3.000 tarros de cerezas en aguardiente. Y al año siguiente en vez de 3.000 hicimos 7.000 tarros y después ya metimos pimientos”. Una vez más, la defesa de la tierra y de lo tradicional marcó esta iniciativa de Prada: “la gente de fuera lo que quería llevar era algo genuino, algo que fuera del pueblo y eso es lo que siempre defendí: hacer cosas de tu tierra para que sean diferentes y no meterte en lo global ni en lo que está ya en todo el mundo”.  De nuevo, una cuestión más “de una sencillez meridiana”.