El hombre que plantaba árboles

Amigo lector, no sé si sabrás, que hace ya tres años pusimos en marcha una idea que desde hacía muchísimo tiempo tenía clavada entre ceja y ceja y que poco a poco se está haciendo realidad… Te cuento… desde hace años en todos los medios, prensa, radio… o en la calle, lees o escuchas con asiduidad machacona que el planeta está herido de muerte… ese deterioro lo vemos también en nuestro León, en El Bierzo. Seguramente tú seas uno de los que más de una vez has comentado el abandono de fincas y terrenos baldíos que proliferan a lo largo y ancho de nuestro territorio. Casi siempre se dice con rabia porque ves, mejor dicho, vemos, que se nos está escapando de las manos aquella belleza de la que como Bercianos presumimos allá a donde vamos…

Pues bien, como te decía desde hace unos años, concretamente tres, en vez de hablar y quejarnos, nos pusimos manos a la obra desde la Fundación que presido, adecuamos y preparamos un terreno de más de ocho hectáreas que estaba totalmente abandonado entre los municipios de Arganza y Cacabelos. Costó, y nos cuesta, mucho esfuerzo, trabajo y dinero, máxime en el momento actual tan complicado económicamente que todos vivimos… En esas 8 hectáreas hoy tenemos plantados 3.250 árboles de todo tipo: robles, encinas, alcornoques, arces, hayas, abedules, madroños, acebos, laureles, cerezos, olivos, castaños, tejos, fresnos…¡ojo al parche! no eucaliptos, ni pinos… no, sino árboles que siempre existieron en nuestra comarca, con el único y exclusivo fin de que sigan allí, para uso y disfrute de las generaciones venideras…La idea y la filosofía, como decía, la teníamos clara: que los niños de hoy y sus descendientes puedan ver, tocar y oler los árboles que por desgracia ya sólo pueden ver a través de internet o espacios de TV dedicados a la naturaleza…Todo virtual…

Te cuento todo esto, porque hace unos días encontré un “librín” que había leído hace mucho tiempo, “El hombre que plantaba árboles” de Jean Giono. Es un libro sin pretensiones, de una sencillez meridiana, fácil de leer y cuyo argumento coincide y resume a la perfección la filosofía que siempre tuve sobre el tema. Cuenta la historia de un pastor imaginario que durante muchos años se dedicó a extender semillas de árboles en una extensa zona de Provenza, convirtiéndola en un paraje lleno de vida y de verdor lo que antes era un erial desolado…El trabajo y la ilusión del pastor creó vida allí donde no la había. Todos los que visitaban el bosque quedaban fascinados por la belleza del mismo, en la creencia de que estaba allí de manera espontánea… Con su trabajo desinteresado el pastor había descubierto una forma maravillosa de hacer feliz a los demás a la vez que el disfrutaba con su labor. Este relato en definitiva encierra un vigoroso mensaje contra la destrucción de la vida, en un canto a la armonía mediante la cual los seres humanos tenemos la obligación de conservar y enriquecer nuestra madre tierra en la que coexistimos todos los seres vivos, incluidos los árboles ¡claro! El repaso después de los años de este pequeño librín, me hizo de nuevo reafirmarme en la convicción de que el campo, el monte, nuestro entorno, en definitiva la naturaleza, no se arregla ni se cuida con tecnicismos ni con grandes estudios hechos desde las oficinas…Me hizo como digo, afianzarme en la necesidad de continuar con nuestra aventura del bosque, aún a pesar del momento por el que atravesamos, para llevarlo a buen fin, y a pesar de que mucha gente piense que no sirve de nada plantar árboles que no den rentabilidad inmediata. Pues bien, en un tema como éste, si antes lo tenía claro, ahora lo tengo mucho más. Creo que es necesario seguir porque en una sociedad cada vez más prostituida y más prosaica que se encamina a la autodestrucción de una manera inexorable, es menester tener la certeza de que con trabajo, pero sobre todo con ilusión, se puede crear un lugar lleno de vida, donde poder parar y sentarse a recapacitar y a meditar a la sombra de un roble o de un encino, para oír solamente el cantar de los pájaros y de los grillos y así sin más, “cargar pilas” para la lucha cotidiana del día a día… sin tener que aguantar el sonido inmisericorde de los “cacharritos” que nos invaden, que son necesarios, desde luego, pero no imprescindibles.

Aquel pastor lo pasó bien y era feliz. Creó vida para él y para los demás que vendrían detrás… Su legado fue imborrable e imperecedero. Esa es la lección sencilla que tenemos que asimilar y transmitir… eso.