Aulas de interpretación y parques temáticos

El Domingo pasado fuimos mi hijo Manuel y yo, como muchos fines de semana hacemos, a quitar  protectores, limpiar y atar de nuevo pequeños árboles en un terreno en el que desde hace tres años y desde la Fundación Prada a Tope, estamos plantando con especies forestales de aquí, de la región: encinos, arces, hayas, robles, alcornoques, tejos, castaños, fresnos…, con el fin de reforestar un paraje degradado y abandonado  que, en un futuro próximo, será un bosque en donde niños y mayores puedan ver, tocar  y disfrutar los árboles que siempre poblaron nuestro territorio… y que, por desgracia, ya no se ven más que en los libros como algo pasado, por televisión o por internet…

Ese día nos pasó un caso curioso: aparecieron por allí dos parejas de mayores con dos niños. Venían a ver “el bosque” que ya habían visitado los chicos meses atrás con su colegio. Aparte de extrañarse sobremanera de vernos allí, de aquella manera trabajando, su comentario fue demoledor, ¡vaya bosque! …, ¿para esto nos traéis aquí?, ¿para ver un terreno con árboles tan pequeños? Yo quedé perplejo, pero reaccioné como pude, y les traté de explicar y recordar como ellos para tener a sus hijos, habían tenido que “concebirlos” (hoy seré políticamente correcto), a los nueve meses habían nacido y poco a poco iban creciendo, hasta que alcanzaran la madurez… Cuando se marcharon no podía entender como esos padres no habían sido capaces de vislumbrar lo que esa plantación era ya y sería en un futuro muy próximo, otros dos o tres años… ¿Cómo es posible, pensé, que unas personas adultas no sepan aún que cualquier cosa o actividad que se haga necesita trabajo y tiempo para que se consolide y perdure a través de los años? Ahora, pasados los días, veo que el razonamiento de aquellos padres es el denominador común que impera en todos y digo en  todos los estamentos de una sociedad que está perdiendo el norte… a ejemplos me remito: hoy todo el mundo quiere tener una casa ¡ya!, y además que esté totalmente equipada y si es con cuatro TV mejor que con una; se quiere tener un buen sueldo y una buena posición sin oficio, ni estudios, ni responsabilidad que asumir; se quiere tener un buen coche aunque no tengamos para cubrir otras necesidades más apremiantes; se quiere tener una empresa y hacerse millonario de la noche a la mañana. Todo se quiere y se quiere ¡ya! Y no digamos la gente joven (no todos), quieren poder llevar lo último en moda, el último móvil, tener dinero para sus caprichos, para salir el fin de semana y que todo eso se lo costeen sus padres ¡faltaría más!, pero ellos sin esforzarse… Como decía, lo queremos todo y ¡ya! Se ha perdido el sentido común y se ha olvidado o se quiere ignorar que para hacer un buen cocido se necesita tiempo; que para hacer una iglesia, una catedral  o un puente, se necesita tiempo, y, lo más importante, buenos cimientos, buenos materiales, y trabajo, mucho trabajo; y que para ver un bosque y disfrutar de la belleza sublime que siempre ofrece la naturaleza cuando se la respeta y se la cuida, es necesario que transcurran muchos años y que en su día alguien menos egoísta que nosotros los plantara. Al reflexionar sobre aquella observación que me habían hecho, pensé si no me habría equivocado al apostar por la plantación de esos 3.200 árboles, ya que, ahora, lo que impera y lo que se lleva son las aulas de interpretación de la naturaleza, de la flora y la fauna, los parques temáticos que proliferan como hongos…, al menor descuido, te montan un parque temático, otro y otro… Yo lo entiendo: a la más mínima reclamación de cualquier colectivo se hace un parque y ya está, es cuestión, solamente, de dinero, nadie tiene que esforzarse y todo Dios queda satisfecho y feliz… Se enseña con orgullo “mira niño, así era ese bosque”, o… “así era ese paisaje hace años”, o… “así era la vida” … Pero nadie, y digo nadie, se plantea que eso todo es ficticio, que todo eso es virtual, que al fin y al cabo eso es un subterfugio para evadirse y tapar nuestra indolencia ante el mal que le estamos haciendo a nuestra tierra.

Cada día que pasa veo que no estaba equivocado, todas las aulas y todos los parques temáticos juntos, o el mejor museo no son comparables y nunca suplirán la sensación de pisar la tierra, o de tocar cada árbol, o de oír el canto de los pájaros, o el murmullo del agua, o el pisar sobre las hojas del otoño, o el trabajar y después poder sentarse a disfrutar, bajo la sombra de ese árbol, comiendo unos chorizos al vino o un bocadillo de sardinas en aceite, ¡eso no tiene precio! Eso sí es una realidad tocable, eso es lo auténtico. Lo demás es todo ficticio, es todo virtual… lo demás “es igual que la carabina de Ambrosio” en definitiva… “caralladas” … de una sociedad inerte que poco a poco, a lo tonto, se está autodestruyendo… Es una pena, pero es lo que hay…